"Ahora que no estás, los árboles del parque juraron no crecer hasta que vuelvas."
Se me atracan las teclas, no sé por dónde cogerlas para ordenarte algunas palabras que limpien un poco mi conciencia al dedicarte tan pocas sonrisas sinceras. He borrado muchas líneas, y lo cierto es que poco de lo que escriba ahora creo que me convenza, puesto que ni yo misma tengo claro qué quiero transmitir. O qué quiero aclararme en mi cabeza.
Tal vez sea un cargo de conciencia, al pensar que estos últimos años podrían haber sido mejores, o que los que están por venir van a serlo, ahora que posiblemente no vayas a estar. Y, en serio, es de las sensaciones más tristes que he experimentado en mi vida. Y ahora estoy llorando, y no es por pensar que te vas a ir, sino por pensar que quizá así todo va a ir mejor. Y eso duele. Duele y martiriza la conciencia.
No te voy a dedicar más líneas porque creo que resultaría moralista e hipócrita, dada la trayectoria que ha tomado nuestra relación últimamente, pero necesitaba hacerlo, aunque fuera, simplemente, ésto.
Abrázame, que tengo frío. Y así también podré desasirme de poemas desprovistos de sentido.
Abrázame, que en esta noche sin dormir he visto más amaneceres de los que pueden asimilar mi ojos.
No sé exactamente cuál fue la razón que me impulsó a crear este blog, o quizá si la sepa y pretenda huir de ella.
jueves, 13 de diciembre de 2012
domingo, 18 de noviembre de 2012
Para toda la vida
Vamos a hacernos mayores juntos. Y que por pedir no quede despertarme cada día con las sonrisas que
vistes y que tiñen de alegría mis pupilas. Que tus ojos no se cansen de mirarme y que mi respiración se siga entrecortando al verte. Que ese vuelco literal del estómago, atestado de mariposas, no descanse mientras la sangre nos corra por las venas.
Que no se escapen esas mariposas, que estén durante toda la vida.
vistes y que tiñen de alegría mis pupilas. Que tus ojos no se cansen de mirarme y que mi respiración se siga entrecortando al verte. Que ese vuelco literal del estómago, atestado de mariposas, no descanse mientras la sangre nos corra por las venas.
Que no se escapen esas mariposas, que estén durante toda la vida.
domingo, 28 de octubre de 2012
Los cristales de tu Octubre.
(Hoy voy a escribir para mí y para ella nada más.)
Hace un par de días que salía de la facultad a eso de las siete de la tarde, con la chaqueta puesta y la mochila sobre mi hombro izquierdo, por no perder la costumbre de maltratarme la espalda. Caminaba de vuelta a casa cuando de mis labios salió un "¡Qué bien!¡Huele a frío!", y acto seguido sonreí por lo que acababa de decir. Cómo puede ser que huela a frío, cómo puede ser que me guste tanto esa sensación de dulce y suave quemazón en las mejillas. Acababa de terminar de llover y las calles estaban llenas de charcos y de hojas de los árboles, colmados de pequeñas gotitas transparentes que reflejaban el cielo. Olía a limpio por todas partes, a la alegría de las nubes grises y al césped húmedo atestado de barro. Todos los coches estaban limpios, y apuesto a que también se limpia mi corazón y mi cabeza cuando llueve. Durante ese paseo me di cuenta de que "ya olía a frío".
Pero la llegada del otoño no sólo trae este frío que tanto añoro en agosto: trae consigo los ácaros de abrigos guardados durante meses, paraguas de lunares rojos y guantes de franela deshilachados. Y cristales empañados, y zapatos mojados... Y recuerdos de un par de años ya no tan nítidos como antes. Recuerdos que con el tiempo intentas proteger para que se queden ahí, en tu memoria, sin que sean perturbados o alterados. Pero la memoria no es de hierro, se resquebraja, y, por suerte o por desgracia, esos recuerdos se van deshaciendo, y con el tiempo no quedan más que atisbos de esos días, de esos pocos días, que con tanto empeño tratas de proteger. Para demostrarle a alguien, o a ti mismo, que hay que luchar, que seguir, que la vida es bonita y que se escapa, y que los cristales en otoño se empañan, y que mis ojos en octubre ya casi no lloran.
Proteger los recuerdos de una niña de hace seis años es difícil, sobretodo, sabiendo que es posible que te marcasen más por el hecho de ser una niña. Y pensar que si esos momentos los viviese ahora, quizá no se marcarían tanto, no me agrada. Prefiero seguir pensando que si tengo esos recuerdos, ya bastante gastados, es porque merecen estar ahí. Porque ella se ganó estar ahí. Cada día, aunque fuesen pocos y ya hayan pasado muchos más de los que quisiera.
Que llegue otoño y traiga sus recuerdos rotos. Que octubre empañe los cristales de mis ojos. Y que estos recuerdos me sirvan durante muchos más años para que, mientras te escribo, llore y sonría al mismo tiempo.
Hace un par de días que salía de la facultad a eso de las siete de la tarde, con la chaqueta puesta y la mochila sobre mi hombro izquierdo, por no perder la costumbre de maltratarme la espalda. Caminaba de vuelta a casa cuando de mis labios salió un "¡Qué bien!¡Huele a frío!", y acto seguido sonreí por lo que acababa de decir. Cómo puede ser que huela a frío, cómo puede ser que me guste tanto esa sensación de dulce y suave quemazón en las mejillas. Acababa de terminar de llover y las calles estaban llenas de charcos y de hojas de los árboles, colmados de pequeñas gotitas transparentes que reflejaban el cielo. Olía a limpio por todas partes, a la alegría de las nubes grises y al césped húmedo atestado de barro. Todos los coches estaban limpios, y apuesto a que también se limpia mi corazón y mi cabeza cuando llueve. Durante ese paseo me di cuenta de que "ya olía a frío".
Pero la llegada del otoño no sólo trae este frío que tanto añoro en agosto: trae consigo los ácaros de abrigos guardados durante meses, paraguas de lunares rojos y guantes de franela deshilachados. Y cristales empañados, y zapatos mojados... Y recuerdos de un par de años ya no tan nítidos como antes. Recuerdos que con el tiempo intentas proteger para que se queden ahí, en tu memoria, sin que sean perturbados o alterados. Pero la memoria no es de hierro, se resquebraja, y, por suerte o por desgracia, esos recuerdos se van deshaciendo, y con el tiempo no quedan más que atisbos de esos días, de esos pocos días, que con tanto empeño tratas de proteger. Para demostrarle a alguien, o a ti mismo, que hay que luchar, que seguir, que la vida es bonita y que se escapa, y que los cristales en otoño se empañan, y que mis ojos en octubre ya casi no lloran.
Proteger los recuerdos de una niña de hace seis años es difícil, sobretodo, sabiendo que es posible que te marcasen más por el hecho de ser una niña. Y pensar que si esos momentos los viviese ahora, quizá no se marcarían tanto, no me agrada. Prefiero seguir pensando que si tengo esos recuerdos, ya bastante gastados, es porque merecen estar ahí. Porque ella se ganó estar ahí. Cada día, aunque fuesen pocos y ya hayan pasado muchos más de los que quisiera.
Que llegue otoño y traiga sus recuerdos rotos. Que octubre empañe los cristales de mis ojos. Y que estos recuerdos me sirvan durante muchos más años para que, mientras te escribo, llore y sonría al mismo tiempo.
viernes, 19 de octubre de 2012
Aniversarios con champagne, recitarios de poemas y recuerdos tristes
Qué rápido pasan los días, y qué pronto se dice "ocho meses sin verte".
Ya ni me sirve soñar contigo para quitarme esta abstinencia de tus ojos reflejados en los míos. Dichosos los ojos que te ven. Y nunca mejor dicho.
Como escribí en su momento, si hubiese sabido que iba a estar tanto tiempo sin verte desde entonces, el abrazo de despedida, habría sido mucho más largo. Y, como en ese caso, no me imaginé que mi último recuerdo tuyo serían esas piernecillas largas y canijas alejarse en perspectiva de mis pupilas una noche de febrero. Y desde entonces, aquí estoy, limitándome a relacionarme contigo escribiéndote poemas y gastando mis sonrisas en recuerdos que ya no tienen fecha.
Voy a darle una tregua a tus tardanzas, porque ya se sabe que en esto de la imbecilidad transitoria somos todos idiotas, y yo la primera. Voy a darle una segunda oportunidad a esa silueta desgarbada tuya que tanto tarda en volver a pasar frente a mis ojos y mis abrazos. Pero te advierto que no te demores mucho más, porque también se sabe que el tiempo hace el olvido, y este tiempo entre suspiros se está haciendo ya muy largo y olvidadizo.
Qué rápido pasan los días, y qué pronto se dice "ocho meses sin verte".
Y qué rápido pasan seis años sin ella.
Ya ni me sirve soñar contigo para quitarme esta abstinencia de tus ojos reflejados en los míos. Dichosos los ojos que te ven. Y nunca mejor dicho.
Como escribí en su momento, si hubiese sabido que iba a estar tanto tiempo sin verte desde entonces, el abrazo de despedida, habría sido mucho más largo. Y, como en ese caso, no me imaginé que mi último recuerdo tuyo serían esas piernecillas largas y canijas alejarse en perspectiva de mis pupilas una noche de febrero. Y desde entonces, aquí estoy, limitándome a relacionarme contigo escribiéndote poemas y gastando mis sonrisas en recuerdos que ya no tienen fecha.
Voy a darle una tregua a tus tardanzas, porque ya se sabe que en esto de la imbecilidad transitoria somos todos idiotas, y yo la primera. Voy a darle una segunda oportunidad a esa silueta desgarbada tuya que tanto tarda en volver a pasar frente a mis ojos y mis abrazos. Pero te advierto que no te demores mucho más, porque también se sabe que el tiempo hace el olvido, y este tiempo entre suspiros se está haciendo ya muy largo y olvidadizo.
Qué rápido pasan los días, y qué pronto se dice "ocho meses sin verte".
Y qué rápido pasan seis años sin ella.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Cuando recuerdas y lloras
Me podría tirar horas en el balcón de las flores rojas. Podría malgastar, como algunos considerarían, horas de mi tiempo y mi vida mirando tras el cristal de las alturas sostenido entre jazmines y petunias, rojas, azules y amarillas. Horas viendo desde una sola perspectiva cielo, mar y tierra sin apenas girar la cabeza.
Y desde ese sitio preguntarme porqué no se caen las nubes, porqué soportan el peso de la gravedad en lugar de rendirse y echar a llorar dejando nuestros suelos fríos y un olor a limpio que me desgarra la cara a sonrisas. Porqué han de esperar a congregarse unas con otras para tener la suficiente fuerza como para llover, en lugar de hacerlo a su antojo. Y desde ese sitio preguntarme porqué no se caen las nubes.
Ver la gente pasear. Y ver a sus respectivas sombras detrás perseguirles como si de un detective privado se tratase, pegadas a sus talones sin despegarse un ápice. Ni el más joven Peter Pan logró desasirse de su sombra y, cuando lo logró, solo deseaba cosérsela de nuevo a trompicones. Los matices, altibajos, texturas... Desde el balcón de las flores rojas, por poder, puedo detectar hasta los colores de una sombra.
Y desde allí veo la tierra, que hace poco volvió el cielo nocturno naranja y que ahora yace negra entre escarcha y ceniza. Veo verdes árboles civilizados que intentan imitar la pureza de aquellos que no han sido plantados, sino que, simplemente, han sido.
Y veo mar, un mar azul que se extiende desde una punta del balcón hasta la otra. Entonces, al llegar a ese punto de ensimismamiento, puedo ver el blanco de las olas, de la espuma rompiendo en las rocas, a veces incluso me parece oler a sal y arena. De repente siento los pies frios y se me erizan hasta los pelos de la nuca. Se echa de menos, esos paseos, digo, que antes mis pies vivían por esa playa. Y echo de menos esa roca, La isla del tesoro, en la que me podía tirar horas subida jugando y viendo la marea divertirse con la Luna. Tirar piedras saltarinas, y que saltaran pocas, aprender a silbar, recoger conchas y clavarme erizos en los talones. Hasta eso echo de menos. Aquellos tiempos, aquellos años, que de repente al recordarlos acaban de lograr que me ponga a llorar, lo que no han conseguido un día penoso o dos suspensos. Recuerdos. Que no van a volver y que, seguramente, estén escondidos, además de en mi memoria, en algún rincón del mar.
Y desde ese sitio preguntarme porqué no se caen las nubes, porqué soportan el peso de la gravedad en lugar de rendirse y echar a llorar dejando nuestros suelos fríos y un olor a limpio que me desgarra la cara a sonrisas. Porqué han de esperar a congregarse unas con otras para tener la suficiente fuerza como para llover, en lugar de hacerlo a su antojo. Y desde ese sitio preguntarme porqué no se caen las nubes.
Ver la gente pasear. Y ver a sus respectivas sombras detrás perseguirles como si de un detective privado se tratase, pegadas a sus talones sin despegarse un ápice. Ni el más joven Peter Pan logró desasirse de su sombra y, cuando lo logró, solo deseaba cosérsela de nuevo a trompicones. Los matices, altibajos, texturas... Desde el balcón de las flores rojas, por poder, puedo detectar hasta los colores de una sombra.
Y desde allí veo la tierra, que hace poco volvió el cielo nocturno naranja y que ahora yace negra entre escarcha y ceniza. Veo verdes árboles civilizados que intentan imitar la pureza de aquellos que no han sido plantados, sino que, simplemente, han sido.
Y veo mar, un mar azul que se extiende desde una punta del balcón hasta la otra. Entonces, al llegar a ese punto de ensimismamiento, puedo ver el blanco de las olas, de la espuma rompiendo en las rocas, a veces incluso me parece oler a sal y arena. De repente siento los pies frios y se me erizan hasta los pelos de la nuca. Se echa de menos, esos paseos, digo, que antes mis pies vivían por esa playa. Y echo de menos esa roca, La isla del tesoro, en la que me podía tirar horas subida jugando y viendo la marea divertirse con la Luna. Tirar piedras saltarinas, y que saltaran pocas, aprender a silbar, recoger conchas y clavarme erizos en los talones. Hasta eso echo de menos. Aquellos tiempos, aquellos años, que de repente al recordarlos acaban de lograr que me ponga a llorar, lo que no han conseguido un día penoso o dos suspensos. Recuerdos. Que no van a volver y que, seguramente, estén escondidos, además de en mi memoria, en algún rincón del mar.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Cuántos de mis besos cabrían en tu cuello.
Te vislumbré de repente entre aquella multitud desenfrenada. No podría haberte encontrado su hubiese querido y, sin embargo, destacabas como un semáforo en rojo a media madrugada.
Más de una vez me crucé con tus ojos. Creo que eran color avellana. No lo recuerdo. Lo cierto es que pasaron a un segundo plano cuando vi la curva de tus labios. La suave línea que los dibujaba se me antojaba demasiado. El surco sutil y hermoso se rompía en cada sonrisa y se quebraba en cada carcajada para volver a recomponerse al sostener un Marlboro.
Más de una vez me crucé con tus ojos. Y, seguramente, si después de esa noche te hubiese vuelto a ver, serían esos ojos los que me traerían por la periferia de la cordura. Pero me entretuve esta vez en tu cuello.
Cada minuto más segura de que si Vitrubio o Da Vinci lo vieran, llorarían de la emoción al ver tal despliegue de perfección áurea.
Me entretuve calculando cuántos de mis besos cabrían en tu cuello. Si volvería a ver la línea dulce de tus labios. Miles de decibelios a mis espaldas y juro que casi podía oírte respirar.
No sé si eran color avellana, tirando a negros, esos ojos, dueños de esos labios y de ese cuello. No sé la proporción de tus ideas ni los límites de tus miedos. No sé a qué saben tus recuerdos ni porqué has decidido matarte lentamente a cigarrillos consumiendo los minutos.
A lo mejor sí que estoy ya en esa franja, al borde de la locura, y esto no ha sido más que un sueño.
martes, 21 de agosto de 2012
El rey de los susurros
Cierra los ojos. Cierra los ojos entre la multitud apabullante y permanece quieto.
Si estás lo suficientemente atento, seguro notarás la brisa que acaricia tus pestañas. La misma brisa que hace ondear el vuelo de una falda que te roza suavemente la rodilla mientras unas piernas la desfilan por la acera.
Podrás oler el perfume del trajeado señor que habla por móvil a escasos centímetros de ti. Pero céntrate en su aroma. Ya dejaremos los sonidos para luego.
También olerías la leche hirviendo de la cafetería que dejaste apenas a unos metros detrás. El pañal del bebé de una madre que aún no se ha percatado de que su pequeño reclama sus cuidados.
Pero ahora viene lo más importante. Al menos, para mí.
Aprieta los ojos, y desembarázate de todos tus sentidos. Olvídate de todas y cada una de las cosas que has captado y vivido.
Deja la mente en blanco, o, al menos, inténtalo (he de confesar que eso es algo que yo todavía no domino).
Quizá entonces, y digo "quizá" porque raras veces yo lo consigo, logres sentir como el mundo se ralentiza. Como se te cuelan entre los poros las más ínfimas caricias que el viento te regala.
Pero más que eso, más que nada, oirás silencio, si estás lo suficientemente concentrado.
Mucha gente no considera el silencio un sonido. Para mi es algo más que eso, algo más bello.
Es como un leve guiño de palabras, tan sutil como una gota de rocío que se derrama del tallo de una rosa.
Tan dulce y delicado como un bebé recién nacido, como una carcajada en el clímax, justo cuando deja de oírse porque necesita tragar aire.
Tan hermoso y placentero como un piropo al oído, tras la oreja, mientras un beso te recorre el cuello.
El silencio. Un susurro que pasa de puntillas para no despertarte de tus sueños, que se agarra con pinzas al tendedero de tu vida y no sale volando nunca. Solo que a veces hace demasiado viento como para oírlo.
Él es mi rey de los susurros, sin ninguna duda. Me encanta esperarle tras la almohada, en la parada del autobús, antes de un examen, en el baño de una discoteca.
Me encanta hablarle y saber que, si no me contesta, es que todo marcha bien.
lunes, 9 de julio de 2012
Que te reflejes en mis vértices verdes.
Te sugiero que dejes el bolígrafo sobre la mesa y vengas a contarme tus historias aún no escritas.
Que me des un beso mientras aún conserves el amargo sabor del vino entre los labios.
Sería capaz de beberlo de ellos a pesar de que lo detesto si el envase no lleva tus ojos.
Que dejemos esta triste y lúgubre sociedad quemándose las manos entre llantos.
Que dejemos esta sociedad gris de monótonos espectros que se alimentan de tus sonrisas.
Y yo no las quiero compartir.
Te sugiero que me mires como nunca lo has hecho. Fíjamente a los ojos mientras la manecilla del reloj
corretea con prisas en tu muñeca. Y que con las mismas prisas que le robes al tiempo, derrames sobre mi hombro el tirante de la camisa.
Que nos deshilemos de elecciones, de caminos, de razones. Que me libres de los recuerdos que encharcan mis vértices verdes. Que llenes estos mismos ojos de la luz que sólo el sol tiene.
Te sugiero que te reflejes en ellos. Porque eso significaría tenerte en frente.
Que me des un beso mientras aún conserves el amargo sabor del vino entre los labios.
Sería capaz de beberlo de ellos a pesar de que lo detesto si el envase no lleva tus ojos.
Que dejemos esta triste y lúgubre sociedad quemándose las manos entre llantos.
Que dejemos esta sociedad gris de monótonos espectros que se alimentan de tus sonrisas.
Y yo no las quiero compartir.
Te sugiero que me mires como nunca lo has hecho. Fíjamente a los ojos mientras la manecilla del reloj
corretea con prisas en tu muñeca. Y que con las mismas prisas que le robes al tiempo, derrames sobre mi hombro el tirante de la camisa.
Que nos deshilemos de elecciones, de caminos, de razones. Que me libres de los recuerdos que encharcan mis vértices verdes. Que llenes estos mismos ojos de la luz que sólo el sol tiene.
Te sugiero que te reflejes en ellos. Porque eso significaría tenerte en frente.
jueves, 14 de junio de 2012
Una ciudad con nombre de vicio
Me enamoré de esa ciudad. Desde el preciso instante en que subí al avión y atravesé las turbulencias.
Me enamoré de sus nubes grises nada más verlas y de sus aceras mojadas cubiertas de charcos limpios aún por pisar.
Me enamoré de sus edificios, de sus ladrillos rojos, del olor a pastel recién hecho de aquella calle.
Del césped verde y húmedo que me estropeó los vaqueros. De sus gentes, de su acento, me enamoré de aquella hora intentando pronunciar la palabra "chocolate" y "fish'n'chips" correctamente. Y me enamoré de la sonrisa de la profesora corrigiéndome. Me enamoré del día en que me perdí en un camino que ya no recuerdo. Del mapa que pinté para no volver a perderme.
Me enamoré del castillo de aquella película, de esas escaleras que tantas veces he visto en la gran pantalla. De aquel árbol en el que escribí mi nombre y la fecha. Me pregunto si aún seguirá legible...
Me enamoré, aunque he de decir que me costó, de sus moquetas y sus gatos maullando todo el tiempo. De dormir con edredón en julio. De ese frío mañanero que te torna rosadas las mejillas.
También de esa cantimplora que mojaba mi mochila a diario, junto con todo lo que había dentro. De esos apuntes que aún conservo. De sus galletas, de ese cine, de ese río que tantas veces sobrepasé. De ese asiento en el que tengo tantas fotos. Me enamoré de la compañía, de la amistad que allí nació, de la gente que conocí y que no he vuelto a ver.
Me enamoré de esa ciudad. Y ahora sólo sueño con volver.
Me enamoré de sus nubes grises nada más verlas y de sus aceras mojadas cubiertas de charcos limpios aún por pisar.
Me enamoré de sus edificios, de sus ladrillos rojos, del olor a pastel recién hecho de aquella calle.
Del césped verde y húmedo que me estropeó los vaqueros. De sus gentes, de su acento, me enamoré de aquella hora intentando pronunciar la palabra "chocolate" y "fish'n'chips" correctamente. Y me enamoré de la sonrisa de la profesora corrigiéndome. Me enamoré del día en que me perdí en un camino que ya no recuerdo. Del mapa que pinté para no volver a perderme.
Me enamoré del castillo de aquella película, de esas escaleras que tantas veces he visto en la gran pantalla. De aquel árbol en el que escribí mi nombre y la fecha. Me pregunto si aún seguirá legible...
Me enamoré, aunque he de decir que me costó, de sus moquetas y sus gatos maullando todo el tiempo. De dormir con edredón en julio. De ese frío mañanero que te torna rosadas las mejillas.
También de esa cantimplora que mojaba mi mochila a diario, junto con todo lo que había dentro. De esos apuntes que aún conservo. De sus galletas, de ese cine, de ese río que tantas veces sobrepasé. De ese asiento en el que tengo tantas fotos. Me enamoré de la compañía, de la amistad que allí nació, de la gente que conocí y que no he vuelto a ver.
Me enamoré de esa ciudad. Y ahora sólo sueño con volver.
sábado, 9 de junio de 2012
6 años atrás.
Nos dijimos tanto
sin apenas palabras.
Nos dimos tanto
que no lo supimos apreciar.
Nos esquivábamos en los pasillos
cruzando miradas llenas de amor que ahora sólo son recuerdos.
Nos cantábamos el uno al otro
sin emitir sonido.
Nos besábamos sin apenas rozarnos.
Y el tiempo enmudeció mi amor.
Nos cogíamos las manos,
aún habiendo kilómetros de distancia que nos separasen.
Nos conocíamos mucho antes de habernos visto.
Nos mirábamos, aún sin querer hacerlo.
Tu boca, mi boca, eran como Sol y Luna,
polos opuestos que se atraen.
Tu cuerpo, mi cuerpo, palabras de frases
que no se pueden romper.
Siempre, nunca,
verdad, mentira.
Tú, yo.
Dos juguetes de la vida
que no se pueden amar.
sin apenas palabras.
Nos dimos tanto
que no lo supimos apreciar.
Nos esquivábamos en los pasillos
cruzando miradas llenas de amor que ahora sólo son recuerdos.
Nos cantábamos el uno al otro
sin emitir sonido.
Nos besábamos sin apenas rozarnos.
Y el tiempo enmudeció mi amor.
Nos cogíamos las manos,
aún habiendo kilómetros de distancia que nos separasen.
Nos conocíamos mucho antes de habernos visto.
Nos mirábamos, aún sin querer hacerlo.
Tu boca, mi boca, eran como Sol y Luna,
polos opuestos que se atraen.
Tu cuerpo, mi cuerpo, palabras de frases
que no se pueden romper.
Siempre, nunca,
verdad, mentira.
Tú, yo.
Dos juguetes de la vida
que no se pueden amar.
viernes, 1 de junio de 2012
Juguemos a un juego.
Juguemos a intentar estremecernos,
a ponernos la piel de gallina,
a sonreírnos en silencio.
Juguemos a sostenernos las manos frías
y así devolverles la vida que el aire les quita.
Juguemos a contar nuestras acompasadas respiraciones,
y ver cómo se aceleran y suspiran.
Inventémonos quimeras,
bailemos entre lunares,
imaginemos la utopía de que
quizá me ames.
Juguemos a mirarnos eternamente.
Apuesto a que tú te cansas antes.
lunes, 21 de mayo de 2012
El mejor regalo para las yemas de mis dedos.
"Yo que habría estado por ti en cualquier lejana ciudad. Sola, por instinto sabiendo amarte."
Te habría regalado la Luna si, en su momento, me la hubieses pedido.
Me habría quedado en vela contando tus respiraciones, noche tras noche. Sin pestañear.
Habría hecho de tus lunares un lenguaje, y el mejor regalo para las yemas de mis dedos.
Tus sueños ya no serían utopías.
Ni sería una quimera ser feliz.
Al menos, lo habría intentado.
"No puedo dividirme ya entre tú y mil mares. No puedo ahora estarme quieta y esperarte."
Te habría regalado la Luna si, en su momento, me la hubieses pedido.
Me habría quedado en vela contando tus respiraciones, noche tras noche. Sin pestañear.
Habría hecho de tus lunares un lenguaje, y el mejor regalo para las yemas de mis dedos.
Tus sueños ya no serían utopías.
Ni sería una quimera ser feliz.
Al menos, lo habría intentado.
"No puedo dividirme ya entre tú y mil mares. No puedo ahora estarme quieta y esperarte."
domingo, 20 de mayo de 2012
Un instante de sus manos.
Pasaban los segundos mirando el asfalto. Fijamente, sin levantar los ojos del suelo.
O, al menos, allí creo que era hacia donde se dirigían sus retinas, aunque, sinceramente, al no estar "viendo", sino simplemente "mirando", no sé si era suelo, cielo o terreno lo que tenía ante sus ojos.
Pasaban los segundos, acumulándose en minutos. Y cual televisión en standby, se encontraba asimilando lo que
se escondía en esos segundos.
Pasaban los segundos y parecía una estatua de piedra. Pestañeaba y respiraba por inercia.
Trataba de que pareciese que no se daba por aludida.
Y fingía no darse cuenta.
O, al menos, allí creo que era hacia donde se dirigían sus retinas, aunque, sinceramente, al no estar "viendo", sino simplemente "mirando", no sé si era suelo, cielo o terreno lo que tenía ante sus ojos.
Pasaban los segundos, acumulándose en minutos. Y cual televisión en standby, se encontraba asimilando lo que
se escondía en esos segundos.
Pasaban los segundos y parecía una estatua de piedra. Pestañeaba y respiraba por inercia.
Trataba de que pareciese que no se daba por aludida.
Y fingía no darse cuenta.
jueves, 17 de mayo de 2012
Entonces yo tenía una vida.
Te pido tiempo, de ese que se me escapa entre los dedos. De las horas que al mirar el reloj te has dado cuenta de que han volado como si de mariposas se tratase. Te pido tiempo para respirar despacio. Para pasear y no caminar. Tiempo para un baño en lugar de una ducha. Para esperar al intermedio en lugar de apagar la caja tonta al instante.
No te pido ni un beso, ni un abrazo ni una mirada sugerente. Ni misterios ni encuentros ni charlas difusas. Te pido tiempo para respirar despacio. Para pasear y no caminar. Te pido tiempo para poner el colacao caliente porque pueda permitirme esperar a que se enfríe. Tiempo para ordenar mi cuarto. Para bajarme a la piscina a echar unos largos.
"Te, te, te". A quién le estoy pidiendo ésto, ni yo misma lo sé...
Te pido tiempo que perder. Tiempo que perder mirando por la ventana ensimismada. Para observar la gente que pasa con su maquinaria erguida cual espectros.
Para apoyarme en el alféizar de mi ventana y ver la vida pasar, y ver el tiempo correr.
No te pido ni un beso, ni un abrazo ni una mirada sugerente. Ni misterios ni encuentros ni charlas difusas. Te pido tiempo para respirar despacio. Para pasear y no caminar. Te pido tiempo para poner el colacao caliente porque pueda permitirme esperar a que se enfríe. Tiempo para ordenar mi cuarto. Para bajarme a la piscina a echar unos largos.
"Te, te, te". A quién le estoy pidiendo ésto, ni yo misma lo sé...
Te pido tiempo que perder. Tiempo que perder mirando por la ventana ensimismada. Para observar la gente que pasa con su maquinaria erguida cual espectros.
Para apoyarme en el alféizar de mi ventana y ver la vida pasar, y ver el tiempo correr.
domingo, 6 de mayo de 2012
Te paso el buen humor.
¿En qué estamos pensando para tener tan perdida la mirada y tan tristes las pupilas?
Que la vida es corta, señores, que se pasa volando, y que e cualquier segundo se puede terminar. Que el arco iris sale sólo de vez en cuando, y que si cuando lo hace, hace frío, da igual, salgamos a la terraza a contemplarlo. Que pasar una noche entera en la facultad trabajando te hace sentir al día siguiente machacado, pero, y las risas que seguro te habrás echado!
La vida es corta, y de buen humor es más corta aún. Pero es más bella. Más bella aún si cabe. Porque hasta estando triste veo la originalidad y la belleza de las cosas. Que un día triste para unos, es un día estupendo de lluvia para otros (entre los que me encuentro), que llorar a moco tendido con una amiga por un imbécil también tiene su pizca de naturalidad y transmitir un sentimiento tan puro y sincero es bello. Triste, pero bello.
Que por qué nos miramos a los ojos y a veces tus pupilas no ven más allá de las mías, se encasquetan en el iris y de ahí no tratan de pasar.
Que por qué hemos pasado de la emoción de contarnos los lunares a llamarnos por nuestros nombres de pila.
Por qué, por qué, por qué, por qué...
Hoy he tenido un día de buen humor... No sé si habré sabido plasmarlo.
Siempre se me ha dado mejor escribir entre llantos.
domingo, 25 de marzo de 2012
Cómo dijo Áragon...
Quizá haya un día en que me entristezca la lluvia, o en que madrugue por amor al arte.
Quizá haya un día en que prefiera subirme al mundo en lugar de enredarme entre las sábanas.
Quizá exista el día en que vea el telediario con mis padres sin quejarme, o coja el periódico para algo más que para hacer los autodefinidos.
El día en que suene mi canción favorita y no salga corriendo a bailarla. El día en que decida no releer mis libros favoritos.
Quizá exista el día en que no me indigne con la Iglesia, con el maltrato animal, con la tauromaquia. El día en que prefiera café a batido de fresa.
Tal vez, y digo sólo tal vez, llegue el día en que no me entren esos nervios tontos que hacen temblar mi voz cuando te veo. El día en que otear tu silueta a lo lejos no me haga ilusión. Quizá exista el día en que darte una abrazo ya no sea un opción. El día en que sonreírte y que me sonrías no me devuelva la vida.
Pero hoy, no es ese día.
Quizá haya un día en que prefiera subirme al mundo en lugar de enredarme entre las sábanas.
Quizá exista el día en que vea el telediario con mis padres sin quejarme, o coja el periódico para algo más que para hacer los autodefinidos.
El día en que suene mi canción favorita y no salga corriendo a bailarla. El día en que decida no releer mis libros favoritos.
Quizá exista el día en que no me indigne con la Iglesia, con el maltrato animal, con la tauromaquia. El día en que prefiera café a batido de fresa.
Tal vez, y digo sólo tal vez, llegue el día en que no me entren esos nervios tontos que hacen temblar mi voz cuando te veo. El día en que otear tu silueta a lo lejos no me haga ilusión. Quizá exista el día en que darte una abrazo ya no sea un opción. El día en que sonreírte y que me sonrías no me devuelva la vida.
Pero hoy, no es ese día.
viernes, 20 de enero de 2012
Fue por la mañana.
Hace frío. Hace frío en la calle y hace frío en las manos.
Pero cuando más se me entumecen los dedos es cuando el frío
está dentro en un caluroso día de verano.
Pero cuando más se me entumecen los dedos es cuando el frío
está dentro en un caluroso día de verano.
sábado, 7 de enero de 2012
Otra espiración entrecortada.
Si la última vez que te vi, llego a saber que ibas a estar lejos tanto tiempo, el abrazo, habría sido mucho más largo.
martes, 20 de diciembre de 2011
De tripas, corazón.
Hace cuestión de un par de meses le dije a alguien que hay que ser fuerte en los peores momentos, cuando las cosas se tornan difíciles y contrarias a nuestras ideas previas, cuando quedan pocas ganas de echarle un pulso al mundo y quitarse el polvo del suelo del trasero.
Ahí es cuando hay que echarle ganas, no cuándo las cosas parecen sacadas de una confitería y todo sucede como queremos.
Hay que saber controlar las ganas de llorar y de tirar todo por la borda, y sustituir esa mentalidad destructiva por el "callar bocas", y qué mejor modo de hacerlo que demostrar a la gente que se equivoca.
Ahí es cuando hay que echarle ganas, no cuándo las cosas parecen sacadas de una confitería y todo sucede como queremos.
Hay que saber controlar las ganas de llorar y de tirar todo por la borda, y sustituir esa mentalidad destructiva por el "callar bocas", y qué mejor modo de hacerlo que demostrar a la gente que se equivoca.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Cambios.
Dí porqué por mucho que me esfuerce, no voy a cansarme de mirarte.
Quizá las cosas hayan cambiado, y si que me haya cansado de mirarte, o de querer mirarte y morirme esperando.
Puedes seguir perdido y no volver, que ya no voy a esperar ni a tratar de rescatarte.
Quizá las cosas hayan cambiado, y si que me haya cansado de mirarte, o de querer mirarte y morirme esperando.
Puedes seguir perdido y no volver, que ya no voy a esperar ni a tratar de rescatarte.
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